CINEMATECA: CAFÉ SOCIETY, HISTORIA UNIVERSAL DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

En sus relatos Chéjov y Carver retratan la vida inextensa y precaria de sus personajes, existencia que siempre se está moviendo hacia derroteros aparentemente aburridos pero su verdadero destino es cruel o insospechado, y para colmo nos entretiene; y en esos escenarios donde aparentemente no pasa, pasa de todo y de a mucho: la vida no se detiene y juega con impunidad. Esto mismo sucede en la más reciente película de Woody Allen, Café Society, en apariencia es una fútil película sobre un amor de ida y vuelta, perdida en los treintas, entre el glamour de Hollywood y lo cosmopolita de New York pero tiene su juego, su coyuntura y su acento grave a lo largo y ancho de la película.

En Café Society las ciudades son los de menos, Allen podría haber elegido otras latitudes con los oficios adecuados, pero los apuntes sobre lo intrincado del “moviestar system” de Hollywood le da cierto encanto a la película sobre todo para los cinéfilos (que nutren las filas de los fanáticos y detractores del director), convocados por una cierta magia de nombres y hechos conocidos. Pero volviendo al punto, lo importante aquí es el ambiente donde se desarrolla, es decir, la “alta sociedad” que retrata el autor en una paradoja de poder, sofisticación, hipocresía, crimen, un verdadero zoológico de caracteres y pulsiones humanas.

Y es que esta “alta sociedad” es como una sala de espera hacia los muchos Infiernos y algunos Cielos de los que han logrado superar cierto límite más allá de la ley y lo permitido, en la mayoría de los casos. Utilizando la soberbia fotografía del legendario Vittorio Storaro, más un trabajo de dirección eficaz y con una voz en off que no desmerece el relato sino que hace énfasis en los puntos de conexión, Woody Allen logró su propio Pieter Brueghel donde se puede ver las escenas de liviandad y corrupción cotidianas, de poder y debilidad, de riqueza y miseria de esa alta sociedad, que hierve en movimiento y lo ha hecho con todo el lujo posible, haciendo verdadera “antropología social” con dos o tres pinceladas y una edición de alta precisión.

Quiero retomar uno de los grandes temas de la película: la hipocresía, que subyace el texto a través del desarrollo del personaje principal femenino interpretado por Kristen Stewart, que se nota que al menos tomó vitaminas, Vonnie empieza como una secretaria, libre, contestataria compañía y amor imposible del protagonista; y termina como una sofisticada dama de sociedad, por supuesto el cuento de hadas es más sórdido porque es más real. Pero ¿de verdad Vonnie es ese ser puro que desdeña los lujos y que siente lástima por las estrellas de cine con sus mansiones, y aburrimiento por la suntuosidad de Hollywood? Hay que ver la película y obtener una respuesta personal, esta franja gris de interpretación puede apuntarse como otro logro de Allen.

Ahora hay que hablar del personaje principal Bobby interpretado por Jesse Eisenberg, que por suerte se aleja del papel de Lex Luthor pero no llena por completa el cuadro como el alter ego del octogenario director; sin embargo, sí logra esa intrincada personalidad entre la culpa, el desafío, la decepción amorosa, el triunfo y la búsqueda de la nueva caída, sin quizá ese toque de tragedia a cada paso, sino pasando de una escena a otra, lo que permite a la película fluir sin gravedad. Con todo, me gusta que el personaje no se abate y sigue, regresa con el corazón roto a New York, logra los arrestos para asociarse con su hermano gánster y construir ese lugar donde toda la alta sociedad (políticos, actores, directores, deportistas, modelos, mafiosos, artistas, etc., etc.) quiere estar, y encontrase con sus iguales en un espacio de éxito y futuros prominentes, donde se decide la suerte de hombres y ciudades. Terrorífico.

Si bien el triunfo en sociedad de Bobby se basa en el dinero que produjo el crimen y sus contactos hollywoodenses, es vivificante que también sea sobre la base del esfuerzo propio, en trabajar para lograr un lugar así, se trata sin duda de una alabanza a la ética de la acción, tanto como su transformación de mandadero a un Rick Blain (Humphrey Bogart) en potencia (el jacket blanco no es coincidencia y menos con Allen, créanme).

Café Society no está entre las notas más altas del cine de Woody Allen pero no desmerece en el corpus del hijo predilecto de New York, es una pequeña pieza bien armada, tiene su encanto, un desarrollo bastante ágil, mezcla una comedia (algo triste), y un melodrama con un (falso) romanticismo, tiene además sus notas de amargura existencial, algunos buenos chistes, melancolía, angustia y una violencia del tipo de “escenas cotidianas” que Scorsese firmaría como suya sin problema. Por supuesto, habrá muchos, de hecho ya hay muchos que como siempre exigen y reclaman al director una obra de arte tras otra… pero no hay ninguna tomadura de pelo, en la marquesina se anuncia una película de Woody Allen y verán una película de Woody Allen, nadie puede sentirse engañado, además ya no se hacen películas como ésta: así que los críticos caníbales bajen la tenaza y revisen su propio índice de bateo.

Les decía que Café Society tiene sus giros, su juego, su perversión, pero el logro del director es que esto esté perfectamente mezclado y no se noten las junturas, sin duda lo logra, y me pasó algo que no me había sucedido en todo el verano con esas películas insulsas de efectos especiales, y es lograr un momento de lucidez final, que quiero compartir con el imposible lector que imagino ha llegado a este punto, cosa por demás improbable:

En la última escena muchos verán una expresión conmovedora del romanticismo que une finales y principios, con una hermosa música de fondo que hace renacer la esperanza del amor en los corazones separados… yo vi la coronación de un capítulo más de la Historia Universal de la Estupidez Humana, de la estulticia que también juega con despotismo a sabiendas que cada corazón es un pequeño hijo de puta, malintencionado y suicida, que arrasará con todo, con una vida buena… con tal de salirse con la suya, al precio que sea. “La vida es una comedia escrita por un comediante sádico”, Woody Allen lo sabe… es ese escritor de comedia, es ese pequeño dios perverso que nos engaña con malévola maestría…

Enrique López T.